Los bots impulsados por IA imitan el comportamiento humano con una precisión creciente, socavando los mecanismos de defensa tradicionales. Thales plantea un cambio de estrategia: en lugar de limitarse a bloquear los ataques, propone encarecerlos hasta que la automatización deje de resultar rentable para los atacantes.
Según Thales, los predator bots aprenderán cada vez de forma más autónoma a cazar mediante bucles de retroalimentación basados en IA. Cada ataque y cada contramedida consumen recursos: energía, tiempo y personal. Según Tim Chang, VP of Application Security de Thales, una defensa eficaz contra los bots maliciosos sigue exactamente esta lógica económica: los equipos de seguridad no deberían depender únicamente del bloqueo, sino elevar el coste y la complejidad de un ataque hasta que la automatización deje de ser una inversión rentable para quien la opera.
Bloquear por sí solo no es un éxito, señala Chang. Si los atacantes vuelven una y otra vez, el modelo no funciona. Los bots basados en IA imitan cada vez con mayor precisión el comportamiento humano —escritura, navegación, pausas, clics— para mezclarse con el tráfico legítimo. Según Chang, la pregunta clave ha cambiado: ya no es «¿este tráfico es malicioso?», sino «¿quién o qué accede a esta aplicación, en qué condiciones y con qué intención?».
Tráfico distorsionado
Según los datos de inteligencia de amenazas de Thales, los bots generan ya más tráfico en internet que las personas, y más de un tercio de esa actividad es maliciosa. Junto a técnicas de ataque establecidas como la inyección SQL y el cross-site scripting, los llamados «predator bots» impulsados por IA forman parte del panorama de amenazas fundamental, según la compañía. Combinan el abuso de comportamiento que imita a usuarios legítimos con ataques volumétricos destinados a saturar la infraestructura u ocultar sus intenciones.
El impacto económico es considerable, según la empresa: las APIs inseguras y los ataques de bots provocan pérdidas elevadas en todo el mundo cada año, no solo por interrupciones, sino también por el rastreo de precios, el acaparamiento de inventario, la manipulación de flujos de trabajo y una erosión gradual de la confianza en los servicios digitales.
Mientras un ataque cueste menos que su defensa, los atacantes mantienen estructuralmente la ventaja, sostiene Chang. Personas, bots, APIs, agentes y sistemas automatizados interactúan de forma continua en las aplicaciones modernas, a menudo sin controles unificados de identidad, acceso y gobernanza. En este contexto, las credenciales estáticas alcanzan sus límites. La seguridad debe entender la identidad como una señal dinámica, definida por el contexto y el comportamiento.
Encarecer los ataques, no solo bloquearlos
Las defensas tradicionales se diseñaron para otra época, explica Chang. Los controles estáticos asumían que la automatización era primitiva y fácil de detectar; la limitación de tasa suponía un comportamiento predecible por parte del atacante. Incluso las defensas basadas en comportamiento están bajo presión, ya que los bots imitan cada vez mejor los matices humanos. En ocasiones, las propias defensas entrenan sin querer a los atacantes al revelar umbrales que abaratan futuros ataques.
Lo decisivo, en cambio, es el cálculo de coste-beneficio del atacante, apunta Chang: un ataque resulta rentable en cuanto el valor obtenido supera su coste, independientemente de la técnica empleada. Ralentizar un ataque sin alterar esa ecuación básica prácticamente garantiza una amenaza persistente.
Volver la economía contra el atacante
Chang traza un paralelismo con la «poison pill» de las finanzas corporativas, que encarece hasta hacer inviables las adquisiciones hostiles. En la seguridad de aplicaciones rige un principio similar: en lugar de asumir internamente todos los costes de defensa, las empresas pueden trasladarlos al atacante. Técnicas como la prueba de trabajo, el fingerprinting avanzado y la aplicación de comportamiento basada en identidad encarecen progresivamente cada interacción para bots y herramientas automatizadas. Los atacantes no se detienen al ser bloqueados, sino cuando continuar deja de tener sentido económico. Así, la escalabilidad pasa de ser una ventaja a una desventaja para los atacantes.
Las APIs como interfaz central
Las APIs se han convertido en el punto de contacto principal entre personas, máquinas y agentes autónomos, indica Chang. Los sistemas basados en agentes introducen nuevos riesgos: acciones automatizadas sin una identidad clara, abuso de APIs a velocidad de máquina y una rendición de cuentas limitada sobre decisiones tomadas sin intervención humana. La detección pasiva ya no es suficiente; la seguridad de aplicaciones debe aplicarse de forma activa, centrada en la identidad y de manera continua. Las empresas que adopten controles centrados en la identidad protegen, según Chang, no solo sus sistemas, sino también sus ingresos, la confianza de sus clientes y su crecimiento a largo plazo.

El Dr. Jakob Jung es redactor jefe de Security Storage y Channel Germany. Lleva más de 20 años trabajando en el periodismo especializado en TI. A lo largo de su carrera ha colaborado con Computer Reseller News, Heise Resale, Informationweek, Techtarget (almacenamiento y centros de datos) y ChannelBiz. Además, colabora como freelance con numerosas publicaciones del sector de las TI, entre las que se incluyen Computerwoche, Channelpartner, IT-Business, Storage-Insider y ZDnet. Sus temas principales son el canal, el almacenamiento, la seguridad, los centros de datos, los sistemas ERP y CRM.
Contacto – Contacto por correo electrónico: jakob.jung@security-storage-und-channel-germany.de
